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Todo es vanidad excepto...

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Un libro de ruptura Alguno, con evidente alivio, ha establecido que se ha terminado el tiempo de la contestación. Y, sin embargo, la palabra de Dios en este domingo (¡y no solamente hoy!) aparece decididamente contestataria. Las tres lecturas no hacen otra cosa más que contestar: costumbres, mentalidades, comportamientos, previsiones. Comienza Qohelet, o Eclesiastés, o Presidente de la asamblea (o también, como prefiero, «uno de la asamblea», «uno que tiene algo que decir en la asamblea»), con su libro de ruptura -quizás un poco injustamente descuidado por la tradición cristiana- escrito alrededor de doscientos cincuenta años antes de Cristo, que nos echa encima puñados de inquietudes, interrogantes angustiosos, críticas radicales. Es demasiado cómodo liquidar esa lava incandescente como producto de un incurable pesimista. Con agudeza da en el blanco B. Maggioni cuando ofrece esta interpretación: ...

Tu red

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Con tu generosidad, nos  recogers a cada uno con nuestras realidades, con nuestra alegría, con nuestra tristeza, con nuestros dones y esperanzas. Somos todos tan diferentes. Pero tú, Señor, nos quieres juntos en tu reinado. Y yo, ¿me dejo arrastrar por tu red? ¿Confío en que tu salvación se ofrece a toda mi realidad?

Mi tesoro

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Y Dios, ¿es tan importante para mí como para ponerlo todo en sus manos?

Prefiero un Dios que me sorprende

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Dos escenas que quedan clavadas en la memoria. El estupendo regateo entre Abrahán y Dios (primera lectura). El concitado coloquio nocturno entre un individuo inoportuno y el amigo despertado de sobresalto a medianoche (evangelio). Ambos tratos se desarrollan entre lo bajo y lo alto (si bien en el segundo caso se trata de un «alto» muy relativo: una ventana a pocos metros de la carretera). Una oración de intercesión y una oración de petición. Ambas bajo el signo de la insistencia, del coraje, de la confianza, incluso de la lucha. Al final ambas son escuchadas. Abrahán, después de una extenuante negociación durante la cual, progresivamente, haciendo un inventario más realista de la «mercancía» de que dispone para el canje, se ve obligado a reducir sensiblemente la propia oferta, y termina poniendo en el platillo de la balanza los hipotéticos «diez justos», a cambio de la salvación de Sodoma y Go...

Sin olvidarnos de la misericordia

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