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Mostrando las entradas etiquetadas como Don de Dios

¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: «gracias»!

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Quizás sea hoy un buen día para reconocer nuestras situaciones de "lepra": aquello que excluyo, lo que rechazo en los otros, lo que no me gusta mirar, lo que rechazo de mí porque no "cuadra" con la imagen que quiero tener. Quizás sea hoy un buen día para poner un poco de verdad en nuestra vida y, como los leprosos del Evangelio, pedir compasión. Jesús nos invita a movernos, el camino de nuestra vida es siempre una oportunidad para sanar. De los diez leprosos que fueron sanados, sólo uno experimenta la salvación, sólo uno vuelve a presentar a Jesús su gratitud, puede que del que menos se esperara, pues "era samaritano".  Quien sabe agradecer, como el samaritano curado, "demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que, incluso cuando llega a través de los hombres o de la naturaleza, proviene en definitiva de Dios. Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia...

Acariciar cansancios

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Hay gestos sencillos que nos conmueven en lo más hondo. Gestos que provocan en nosotros sorpresa, asombro y, por qué no, también resistencia, miedo o incomprensión. Basta escuchar las "olas" de comentarios, críticas o interpretaciones varias a quienes procuran descanso o alivio al dolor o al cansancio de los demás. Qué difícil se hace asumir la lógica de hacerse pequeño, de agacharse ante el otro. Qué difícil vestirse la toalla del cuidado del otro, acariciar cansancios ajenos. Qué difícil sustraerse de la lógica del mérito, del título, del derecho. En este día nos recuerdas cuál es la auténtica altura del hombre, la absurda lógica del servicio. Partir y repartir lo que uno es y tiene, nuestro todo y nuestra nada. Hoy nos volvemos a sorprender ante quien no se reserva nada, ante quien se convierte en regalo para todos. Hoy nos volvemos a dejar descolocar por la ternura de quien se hace alimento para que podamos vivir y dar vida sin desfallecer. Hoy volvemos a descubrir...

Mateo, el don de Dios

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Cuántas veces habremos escuchado, leído, meditado el texto de la palabra que se nos propone hoy. Una vez más, resuena con claridad en nuestro corazón: no te preocupes, no tengas miedo, ¡ sígueme ! Un sígueme que abre la esperanza a quién busca un camino de la curación; un sígueme   que serena a quién se siente perdido;  un sígueme que acoge a quién se siente vulnerable y asustado. Hoy podría ser un buen momento para recordar ese instante en el que escuchamos por primera vez esa palabra en lo más hondo el momento a partir del cual comenzó una nueva vida para nosotros. El momento, en el que, como Mateo, nos convertimos en "el don de Dios", el que regala a todo el mundo. Así de grande y así de sencillo.

Paradojas evangélicas

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Las bienaventuranzas implican la separación de un cierto tipo de lógica. Jesús, nos toma aparte, nos habla al oído y nos propone una palabra distinta, que, como poco, nos sacude. Las bienaventuranzas no son fruto de una búsqueda humana. Son un don de Dios. Él nos las ofrece y, con ellas, la felicidad. Muchas veces buscamos la felicidad en los sitios más equivocados y de la manera más errónea. Jesús nos propone una felicidad insólita, paradójica, difícil, pero no por eso real. Todo consiste en dejarse decir una palabra sin temor. Recibir este don supone también la disponibilidad para intentar la aventura de ser para los demás presencia creíble del Reino. Dios quiere servirse de nosotros, pequeños, pobres, para hacer palidecer a muchos; para que el mundo comprenda cómo su plan se va realizando.