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Te ama sin condiciones

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La voz de Juan anuncia a Jesús como el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Ya no hacen falta sacrificios en el templo para ganar el favor de Dios. En Jesús se confirma que Dios ama sin condiciones, sin pedir nada a cambio.  Juan anuncia la llegada de un Dios liberador, que quita el pecado del mundo. Jesús es la prueba de que Dios es ternura y misericordia para cada uno de nosotros, y que podemos vivir del Espíritu, dejándonos llenar por ese viento de Dios que nos fortalece, nos alienta y sostiene. Ayúdanos a mirar nuestra vida y el mundo con ternura y compasión.

La voz y la Palabra

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A la pregunta:  «Tú, ¿quién eres?»  , Juan el Bautista confiesa que no es el Cristo, el Salvador esperado. Este testimonio negativo en sus labios es una auténtica confesión de fe en el mesianismo de Jesús.  El Bautista continúa explicando su propia identidad, definiéndose a sí mismo como la: « Voz que clama en el desierto» y  prepara el camino al Cristo. Él no es la luz,  sólo la  testimonia. Él no es la Palabra encarnada, es sólo la voz que prepara el camino con la purificación de los pecados y la conversión del corazón.  El testimonio del Bautista pretende, y aquí esta su grandeza, suscitar fe hacia el gran desconocido, el portador de la salvación, que vive entre los hombres.  Y es que, el Mesías, no revela inmediata ni completamente su origen ni su misión. Es preciso que quien recibe de Dios el don de tocar su misterio,  lo anuncie con la vida y la palabra, como Juan junto al Jordán. A eso estamos llamados, a ser anunciadores de la ...

La tranquila convicción de Juan

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Jesús va hacia Juan. A este no le pasa desapercibido, aunque Jesús se mezcla entre todos, como uno de tantos. El Señor nos sale al paso en rostros inesperados, en situaciones cotidianas, en historias con sabor a lo de cada día. A veces, no tenemos los cinco sentidos tan atentos como Juan. Juan cuenta lo que ha visto. Quizás hoy sea buen momento para traer a la memoria lo bueno de Dios y por qué merece la pena su evangelio.  Juan nos deja esa frase que en cada Eucaristía se repite mostrándonos a Jesús: He ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y es que Dios, en Jesús, viene para restaurar lo que está roto, sanar lo que está herido, acabar con el pecado que nos hace tanto daño.  Señor, ayúdanos a contagiar esperanza y la tranquila convicción de Juan, de que sólo Tú eres el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

Nuestra necesaria limitación

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Si te preguntasen de forma directa como a Juan, ¿tú quién eres? ¿qué dices de ti mismo? , ¿qué responderías?  Juan responde comparando su vida con la de Jesús. Tal vez hoy podamos poner en referencia nuestra vida con la de Jesús y preguntarnos quién somos. ¿Soy quien sigue a Jesús, quien le busca, o quien colabora con su reino? Juan admite con humildad no ser digno de desatar la correa de las sandalias de Jesús, es consciente de sus limitaciones. Pero ese reconocimiento no le impide entregar su vida al proyecto del Reino. Jesús no nos necesita perfectos. Nos llamas igualmente, te fías, cuentas con nosotros. Juan no busca ser el centro, que las miradas se fijen en él, convertirse en líder. Él sabe que el Mesías es Otro, que viene detrás. Suma sus fuerzas a algo más grande. Se hace parte inmerecida, pero necesaria del Reino. Aquí tienes, Jesús, nuestras manos, todas nuestras energías, para ser  voz que clama en el desierto, en las calles , hoy y siempre.

Pequeño y grande

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Juan, pequeño y grande a la vez, porque reconoce en Jesús el cumplimiento de la promesa. En Jesús, Dios reina. Y su reino es un reino de humildad, pobreza y de radicalidad en el amor. Es el reino de los pequeños, de los que se donan, de los que generan a su paso amor gratuito. Y que por ello sufren violencia. El reino de los que perdonan, abrazan y siguen poniendo la otra mejilla. María, mujer de Adviento, enséñanos a amar desbordándonos con el que más sufre. Madre, en tus manos un día más, presentamos a nuestros hermanos que sufren persecución a causa de su fe en tu Hijo.