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Algo nuevo late en todo lo que pasa

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Leyendo a Isaías constato la cantidad de cosas que no entiendo, que se me escapan... pero a la vez la certeza de que no nos abandonas, que no te olvidas, que estás cerca...  Todo un Dios nos cuida, nos quiere incluso allí en nuestros más oscuros recovecos y nos ofrece un futuro cargado de amor, de alegría, de esperanza. No un futuro a largo plazo, sino una promesa hecha realidad aquí y ahora.  Algo nuevo late en todo lo que pasa, porque Él está y permanece, y se ofrece. Y junto a El todo es posible.

Palabras, palabras

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La lectura de Isaías nos regala hoy palabras frescas, llenas de vida y esperanza, que remueven, que alivian. En nuestro día a día estamos rodeados de palabras que muchas veces no dicen nada o, peor aún, nos llenan de desaliento, nos intentan destruir o simplemente no nos dejan crecer como personas. La Palabra de Dios me busca, quiere algo de mí y me pregunto si tengo la vida preparada y dispuesta para acogerla como la tierra de la que habla Isaías. Solo si colaboro, si escucho atenta, si preparo "mi tierra", la Palabra podrá enraizarse en mí y empapar lo que no acaba de ponerse en marcha. Esta palabra de Dios quiere de mí una vida plena, dispuesta siempre al cambio, una identificación progresiva y auténtica con su mensaje, que no me deje adormecer por otras palabras que no trasmiten movilidad, sino todo lo contrario, pasividad ante quien espera. 

Una inyección de confianza

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Hay etapas en nuestra vida en que nos vemos necesitados de una «inyección de confianza». Basta mirar alrededor y observar que en muchos rostros se ha apagado la luz de la esperanza, que hay mucha gente que camina abatida o está a punto de desesperar. Todavía hoy muchos esperan una palabra de consuelo: «Consolad, consolad a mi pueblo...» .  Recordemos que, como Iglesia, somos depositarios de palabras del consuelo. Y muchos de nosotros las necesitamos urgentemente. En este tiempo de Adviento saquémoslas del cajón y démosle la posibilidad de curar alguna herida.

Yo no te olvido

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El cántico del Siervo de Yahvé, que nos propone la liturgia de hoy, pone el acento en el amor de un Dios que quiere a su pueblo, a pesar de su infidelidad. Un Dios que es pastor, agricultor, médico y hasta madre. Jesús de Nazaret es ese Siervo a quien Dios ha enviado a sanar y liberar y devolver la alegría y la luz. Actúa en nombre de Dios, su Padre. Ha venido a comunicar vida, a sanar, a salvar. Los que crean en Él y le acepten como al enviado de Dios son los que tendrán vida. Los que no, ellos mismos se excluyen. Prepararnos para celebrar la Pascua es tomar la decisión de incorporarnos a Cristo y dejar que nos dé de su misma Vida. Él nos dice, a ti y a mí: «en el tiempo de gracia te he respondido, en el día de salvación te he auxiliado». Dejemos que nos libere de esas ataduras que nos no dejan vivir libremente, dejemos que nos lleve a la luz y nos saque de esa tiniebla en la que seguimos enredados. En ...

Como lluvia que da vida

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Isaías nos presenta la fuerza que tiene la palabra de Dios, siempre eficaz, con una hermosa comparación: como la lluvia que baja, que empapa la tierra y la hace fecunda. A esa Palabra que desciende responde nuestra oración. Jesús nos enseña a evitar la palabrería. A Dios no tenemos que informarle de algo que desconoce ni tratar de persuadirle sobre aquello que queremos que nos conceda. Él nos enseña el Padrenuestro, que  nos va educando en una visión equilibrada de la vida. Dios es el centro. Luego pedimos el pan, el perdón,  no caer en la tentación y que nos libre del mal. La Cuaresma es un tiempo propicio para ponernos a la escucha de la  palabra, «comulgar» con ella,  que es Jesús mismo, y responder con una  oración más entrañable, superando rutinas. Pidamos al Señor que su Palabra empape la tierra de nuestra vida y la haga fecunda para el Reino.