El protagonismo de Dios
Ante fracasos importantes una suele preguntarse dónde ha puesto los cimientos si en el Señor o en otras cosas. Las lecturas de hoy nos vienen como anillo al dedo para revisarnos.
1. II 2 Reyes 24,8-17
a) La primera toma de Jerusalén, por parte de Nabucodonosor y sus tropas tuvo lugar el año 597 antes de Cristo, unos ciento veinte años después de la del Norte, que había sido el año 721, a manos de los asirios.
Es una de las páginas más trágicas de la historia para Jerusalén y el pueblo judío. El rey Jeconias, al que se presenta como uno que «hizo lo que el Señor reprueba», tuvo que rendirse al ejército de Babilonia y marchó al destierro junto con las personas más representativas y útiles de la sociedad. Esta vez no pasa como cuando el piadoso rey Ezequías invocó a Dios para que defendiera a su pueblo de los ejércitos de Senaquerib. Nabucodonosor puso en Jerusalén, para los que quedaron, a un rey títere, Sedecías. El salmo expresa bien la catástrofe que todo esto supuso, con la profanación y el pillaje del Templo: «los gentiles han entrado en tu heredad, han profanado tu santo templo... fuimos el escarnio de nuestros vecinos».
b) Cuando suceden catástrofes, tanto personales como comunitarias, deberíamos sacar consecuencias y reflexionar sobre las causas que las han originado y sobre la parte de culpa que todos tenemos.
Muchas veces, la ruina de una persona se debe a fallos que, al principio, eran insignificantes, pero se descuidaron y fueron creciendo. La ruina de una comunidad o de una sociedad también suele tener causas diversas: económicas, políticas, personales; y, muchas veces, también de dejadez religiosa y pérdida progresiva de valores que son necesarios para toda convivencia humana.
Saber escarmentar es una buena sabiduría. Nos hace humildes. Nos predispone a reconocer el protagonismo de Dios y nuestra infidelidad a su amor. El salmo de hoy, además de lamentarse de la desgracia del pueblo, es también una oración que reconoce la culpa y pide a Dios su protección: «¿Hasta cuándo, Señor, vas a estar siempre enojado?... líbranos y perdona nuestros pecados, a causa de tu nombre».
Dios saca bien incluso de nuestras miserias: nos purifica, nos hace recapacitar, nos ayuda a aprender las lecciones de la vida para no volver a caer en las mismas infidelidades y fallos.
2. Mateo 7,21-29
a) Leemos hoy las últimas recomendaciones del sermón de la montaña.
Si ayer se nos decía que un árbol tiene que dar buenos frutos, y si no, es mejor talarlo y echarlo al fuego, hoy se aplica la misma consigna a nuestra vida: «no todo el que me dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre». No se trata de decir palabras piadosas, sino de cumplir lo que esas palabras prometen. No debe haber divorcio entre las palabras y los hechos.
A continuación, y como final de todo el discurso, Jesús propone una comparación relacionada con la misma idea: el edificio que se construye sobre roca o sobre arena. Es una imagen muy plástica: si la casa está edificada sobre roca, resistirá las inclemencias. Si sobre arena, pronto se derrumbará.
b) Nosotros escuchamos muchas veces las palabras de Jesús. Pero no basta. Si además intentamos ponerlas por obra en nuestra vida, entonces sí construimos sólidamente el edificio de nuestra persona o de la comunidad. Si nos contentamos sólo con escucharlas y, luego, a lo largo del día, no nos acordamos más de ellas y seguimos otros criterios, estamos edificando sobre arena.
Jesús nos avisa que, si no se dan estos frutos prácticos, no nos valdrá recurrir a que hemos dicho cosas bonitas, o rezado, o profetizado en su nombre, o incluso expulsado demonios. Nosotros mismos, construyendo el futuro en falso, nos estamos abriendo nuestra propia tumba. A la corta o a la larga, vamos a la ruina.
Uno, en la juventud, es libre de edificar su vida como quiera: pero si descuida su salud, o los valores humanos, o la preparación cultural y profesional, o se deja llevar de costumbres y vicios que, al principio, no parecen peligrosos, él mismo está condicionando su futuro.
¿Sobre qué estoy edificando yo mi vida: sobre roca, sobre arena? ¿sobre qué construyo mis amistades, o mi vida de familia, o mi apostolado: sobre engaños y falsedades? ¿y me extrañaré de que los derrumbamientos que veo en otras personas o en otras instituciones me puedan pasar también a mi?
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