Dar el paso
Se puede encontrar un hilo conductor que enlace las temáticas de estos tres últimos domingos: la vocación cristiana implica necesariamente la conciencia clara de una misión, y ambas tienen como contenido la realización del proyecto divino. Este último es esencialmente un plan de amor. Y esto constituye, precisamente, el tema de las tres lecturas de hoy, que podríamos proponer así:
-Cristo representa la realización última del plan de Dios (segunda lectura).
-El proyecto divino está contenido en la ley (primera lectura).
-La obediencia a la ley se expresa en una praxis que se manifiesta en el encuentro con el prójimo (evangelio).
No debe sorprender el orden que hemos seguido.
Antes de la ley hay una Persona, que es «imagen de Dios invisible», primogénito de toda criatura, y que reivindica un señorío cósmico, porque «por medio de él fueron creadas todas las cosas...; todo fue creado por él y para él».
Cristo, pues, está en el origen de todo y todo se mueve (mejor, «es arrastrado») hacia el cumplimiento en él.
Jesús es el centro que da cohesión, sentido y unidad a la creación entera.
Pero el primado de Cristo no se limita a la creación, sino que se afirma en la redención. El es la cabeza de una nueva humanidad sustraída al poder de la muerte y pacificada, reconciliada «por la sangre de su cruz».
Cristo no es sólo principio de armonía cósmica, sino que funda y legitima un orden nuevo en las relaciones entre los hombres. Y la Iglesia -que forma su cuerpo, y de la que él es la cabeza- no tiene más remedio que hacer referencia a su «plenitud», para ser sacramento, en el mundo, de este orden nuevo en el amor.
Con relación a nuestro tema, podemos afirmar: Cristo es revelador del rostro escondido e inaccesible de Dios, y es revelador de su plan para la humanidad.
No hay excusa que valga
El texto del Deuteronomio, que se coloca en la perspectiva de la Alianza y las consiguientes exigencias, se abre con un mandato perentorio: «Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley».
Pero al final se subraya el hecho de que el texto de la ley está inscrito en las tablas de carne del corazón del hombre. Permanece el libro, ciertamente, pero sólo como testimonio. Pues el verdadero texto sufre un proceso de interiorización.
O sea, la ley no es algo exterior, con un desagradable aspecto de imposición y constricción, sino una palabra-invitación que interpela al hombre desde dentro, solicitando una respuesta espontánea a las propuestas de la alianza. La obediencia se convierte así en una exigencia de quien se inserta en un dinamismo de amor y no se contenta con el árido registro del deber.
La palabra de Dios, en vez de aplastar y oprimir al hombre, libera en él un «impulso» hacia el conocimiento y puesta en acción de su voluntad.
Pero el punto central está constituido por la respuesta a una objeción bastante común: satisfacer las exigencias de Dios representa una empresa que supera las fuerzas y las posibilidades humanas.
Moisés afirma decididamente que se trata de una «excusa» banal, sin fundamento alguno. La respuesta en la fidelidad no está fuera del alcance del hombre, no está más allá de sus medios: «El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable». No es cuestión de escalar el cielo, ni de atravesar los mares y los océanos.
«El mandamiento está muy cerca de ti», resuena en tu conciencia. Es una palabra dirigida por un Dios que ama a los que ama. Es una palabra que interpela a lo mejor que existe en cada hombre.
La cerrazón del intelectual
Este proyecto de Dios, contenido en la ley-revelación, permanece «cerrado» para dos categorías de personas:
-el docto que se limita a un conocimiento de tipo intelectual;
-el practicante que se demuestra incapaz de encontrar al prójimo, de tropezar con él.
Estas dos desviaciones están expresadas en la célebre página evangélica que presenta la parábola del Samaritano.
Así pues, ante todo, el doctor de la ley.
Es un pedante, sofista. El pretende discutir, precisar, medirse con Jesús, justificar el propio saber, definir el concepto exacto de prójimo, determinar con precisión los límites del amor.
Jesús no se presta a su juego y no se deja enredar en un debate interminable. Se manifiesta casi intolerante para este tipo de preguntas. Y se esfuerza por conducir al aguerrido interlocutor hacia el terreno de la realidad: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida». O sea, no es cuestión de alargarse mucho sobre un tema que conoces a la perfección. Sólo te falta una cosa: traducir tu saber al hacer.
A Cristo le fastidia una ciencia que no se convierta en amor concreto.
Y también después de haber aclarado las dudas del «letrado» (pero a través de una narración, no de una demostración teórica), trastocando su planteamiento del problema («¿quién se portó como prójimo?», en vez de «¿quién es mi prójimo?»), al final de la parábola, después de haberse asegurado que el intelectual había comprendido correctamente la lección, cortó en seco: «Anda, haz tú lo mismo». Dos verbos que faltan en el vocabulario esencial del escriba: «ir» y «hacer».
Y, en lugar de su bagaje cultural embarazoso, le presenta un modelo provocador en que inspirarse: el samaritano, esto es, el enemigo, el hereje, la persona «innominable».
Jesús se manifiesta impaciente por empujar a los «conocedores» de la ley a la «praxis» en el terreno de la caridad, la única que certifica la plena comprensión de su palabra.
La cerrazón del «practicante»
La postura del samaritano, a lo largo del camino, está en las antípodas del comportamiento del sacerdote y del levita.
Los profesionales de la religión ven al herido, como lo ve el samaritano.
El «ver» es común a los tres. Lo que les diferencia es otra cosa. El sacerdote «al verlo, dio un rodeo y pasó de largo». Así también el levita que «al verlo, dio un rodeo y pasó de largo».
El samaritano por el contrario, «al verlo, le dio lástima».
El «sentir compasión» (o sea, sufrir junto a, compartir la situación del otro, identificarse con el dolor ajeno) hace que uno se pare, mientras los otros dos han seguido su camino.
Quiero subrayar solamente el significado de aquel «pasar de largo» (los gestos del samaritano no tienen necesidad de comentario, sino de imitación, como ya lo ha señalado Jesús: «Anda, haz tu lo mismo»).
Los dos especialistas de la religión pretenden llegar a Dios «pasando de largo», evitando el obstáculo representado por el prójimo. Respecto al sacerdote se precisa: «dio un rodeo».
Para realizar su programa religioso, se coloca en la parte más segura, para no correr el riesgo de tropezar con las necesidades del hermano. Su itinerario espiritual no tolera retrasos, desviaciones, «espectáculos» incómodos que distraen y perturban. Los deberes legales son más importantes que el corazón, la humanidad, la ternura.
Es la gran ilusión: llegar a Dios pasando por encima del prójimo. Encontrar a Dios sin tener necesidad de encontrar al hermano. Conocer la voluntad del Señor ignorando la realidad provocadora que está ante los ojos.
Ocuparse de las «cosas de Dios» sin caer en la cuenta de que lo que interesa a Dios son las «cosas de los hombres», sus hijos. Pensar en la propia alma permaneciendo sordos al grito (o a la invocación silenciosa) de quien sufre en las cunetas...
Manifestarse obsesionados por la observancia de la ley y considerar la misericordia (literalmente: el ser tomados por las entrañas) como una debilidad (olvidando que es siempre la gran, la sorprendente «debilidad de Dios»).
Pretender afirmarse cercano a Dios estando lejos del enemigo, del extranjero, del distinto, del antipático.
Concluyendo, Dios nos echa en cara un conocimiento que no empuje a «hacer».
Dios nos reprocha una exactitud y una puntualidad en los deberes religiosos «pasando de largo» de la humanidad, de la justicia, de la caridad. No existe «otra parte» del camino. Al menos del camino que conduce a Dios. El único lado transitable para llegar a destino es el «cortado» por la presencia -no siempre agradable, y de todos modos con frecuencia imprevisible- del prójimo. Sí, este Dios tan lejano y tan cercano. Tan inasible, y sin embargo obstinado en «hacernos señas». Invisible y, al mismo tiempo, hasta demasiado «visible».
No es precisamente cuestión -como ya lo había visto claramente Moisés- de subirse al cielo ni de sumergirse en los abismos marinos, para encontrarlo. El samaritano se ha limitado a «bajar» de la cabalgadura (mulo, asno, butaca, cátedra... ), una empresa nada sensacional, y «sumergirse» en el dolor de un pobre hombre cualquiera.
El sacerdote y el levita han llegado sin obstáculos hasta el final de su camino, y han faltado al encuentro. El samaritano no ha dado más que dos pasos. Pero en la dirección exacta.
A. Pronzato
Comentarios
Publicar un comentario