No tengáis miedo
1. Isaías 6,1-8
Durante seis días, a partir de hoy, vamos a oír al profeta Isaías.
En Adviento escuchamos las páginas que este profeta dedica a anunciar los tiempos mesiánicos. Aquí, los capítulos de su vocación como profeta en Judá, en aquellos calamitosos tiempos que hemos ido siguiendo en los libros históricos. Es contemporáneo de Oseas, pero profetiza en el reino del Sur, en Jerusalén.
No todo el libro atribuido a Isaías parece que es suyo. Los estudiosos distinguen, además del auténtico Isaías (que sería el autor de los capítulos 1-39), otros dos autores, seguramente discípulos de su escuela, que completaron los oráculos del maestro (uno, los capítulos del 40 al 55 y otro, del 56 al 66). Las lecturas de esta semana pertenecen al primer bloque.
a) Isaías era un joven de unos veinticuatro años, de una familia noble de Jerusalén, cuando fue llamado por Dios para ser su portavoz en medio del pueblo «el año de la muerte del rey Ozías», o sea, el 740 antes de Cristo.
La visión o experiencia mística del joven es una escena solemne, una teofanía, en la que se destaca la grandeza y la santidad de Dios, rodeado de ángeles, con una escenificación idealizada de la liturgia del cielo. Los ángeles cantan «Santo, santo, santo el Señor de los ejércitos».
A la llamada de Dios, Isaías responde prontamente, después de haber sido purificado por uno de los serafines: «Aquí estoy, mándame».
b) Es Dios quien lleva siempre la iniciativa. Es su santidad y su grandeza y su amor al pueblo quien pone en marcha la dinámica de una vocación: a la vida sacerdotal o religiosa, o sencillamente, al encargo de ser cristianos convencidos y testigos del evangelio en medio de la sociedad.
El salmo pone de relieve, no tanto el mérito de la respuesta del joven Isaías, sino la grandeza de Dios: «el Señor reina, vestido de majestad... tus mandatos son fieles y seguros, la santidad es el adorno de tu casa». Es lo que hacemos también nosotros, cuando en la Eucaristía aclamamos a Dios, dentro de la plegaria eucarística, con el «Santo, santo, santo...» que Isaías oyó cantar a los ángeles en la presencia de Dios.
Ahora bien, porque es el Dios todo santo y todopoderoso, es también el Dios cercano. Quiere comunicar su vida a todos y para ello se sirve de colaboradores. Ojalá encuentre en nosotros, cada uno en su vocación específica, una disponibilidad generosa como en Isaías: «aquí estoy, mándame».
2. Mateo 10,24-33
a) Sigue el sermón misionero de Jesús a sus apóstoles, en el que les da oportunos avisos para su trabajo de evangelizadores.
Insiste de nuevo en el anuncio de las persecuciones. Esta vez la comparación es del mundo de la enseñanza: si a Jesús, el Maestro, le habían calumniado y tramaban su muerte, lo mismo pueden esperar sus discípulos.
Pero no tienen que dejarse acobardar:
- «nada hay escondido que no llegue a saberse»: el tiempo dará la razón a los que la tienen;
- todos estamos en las manos de Dios: si él se cuida hasta de los gorriones del campo, cuánto más de sus fieles;
- y el mismo Jesús saldrá en ayuda de los suyos: «si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo».
b) «No tengáis miedo». Es la frase que más se repite en el pasaje de hoy.
Jesús avisó muchas veces a los suyos de que iban a tener dificultades en su misión. No les prometió éxitos fáciles o que iban a ser bien recibidos en todas partes. Al contrario, les dijo -nos dijo- que el discípulo no será más que el maestro. Y el Maestro había sido calumniado, perseguido, condenado a la cruz.
Pero este anuncio va unido a otro muy insistente: la confianza. «No tengáis miedo». No es el éxito inmediato delante de los hombres lo que cuenta. Sino el éxito de nuestra misión a los ojos de Dios, que ve, no sólo las apariencias, sino lo interior y el esfuerzo que hemos hecho. Si nos sentimos hijos de ese Padre, y hermanos y testigos de Jesús, nada ni nadie podrá contra nosotros, ni siquiera las persecuciones y la muerte.
El ejemplo lo tenemos en el mismo Jesús, que fue objeto de contradicciones y acabó en la cruz. Pero nunca cedió, no se desanimó y siguió haciendo oír su voz profética, anunciando y denunciando, a pesar de que sabía que incomodaba a los poderosos. Y salvó a la humanidad y fue elevado a la gloria de la resurrección.
Las pruebas y las dificultades de la vida -las que nacen dentro de nosotros mismos, o en el seno de la comunidad o fuera de ella- no nos deben extrañar ni asustar. La comunidad de Jesús lleva un mensaje que, a veces, choca contra los intereses y los valores que promueve este mundo. Nos pueden perseguir, pero la fuerza del Espíritu de Dios nos asiste en todo momento. No nos cansemos, ni nos avergoncemos de dar testimonio de Cristo, y sigamos anunciando a plena luz, a los cercanos y a los lejanos, la buena noticia de la salvación que Dios nos ofrece.
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