El "peso" que hay que soportar permite resistir

A Jeremías se le considera un derrotista.

Desde el momento que rechaza asegurar que «todo va bien», se le acusa de querer el «mal».

Porque no se presta al juego deshonesto de alimentar ilusiones, y se obstina en hacer abrir los ojos hacia una realidad para nada entusiasmante, es considerado un hombre peligroso.

Es necesario impedirle que haga mal.

Las cosas caminan hacia un fin malo. Se está al borde del precipicio. Pero ay de quien se atreva a perturbar los coros del consenso organizado. La nota desafinada —aunque es la única justa— se elimina. Sobre la partitura está escrita la música que debe adormecer. Ay de aquel que tenga el descaro de despertar con un motivo no contemplado en el programa.

La palabra profética cuando no asegura el «bienestar», cuando fastidia a los «cuerdos», cuando crea molestias a los jefes, es considerada subversiva y ha de acallarse con todos los medios.

Jeremías es culpable de no doblegarse a decir cosas que la gente quisiera oír.

Por eso se le quita de en medio brutalmente.

Su martirio no tiene nada de heroico.

Al profeta le meten atado con unas cuerdas, en una cisterna cenagosa (primera lectura).

Del lodo no se sale, se hunde uno cada vez más.

En el lodo muere la semilla de la palabra.

El rey Sedecías, aun siendo rehén de los «jefes», logra, por una vez, ser menos obtuso que ellos y escuchar la voz de un consejero inteligente y honesto (siempre hay alguno, aunque no suele merodear en las inmediaciones del trono), y ordena al Etíope que saque al profeta fuera de la cisterna.

La palabra, aunque despreciada, escarnecida, pisoteada, termina por emerger de nuevo, y por sembrar sospechas en las conciencias.

El contagio del fuego

Si el lodo es el lugar en donde la palabra es condenada a morir de un modo ignominioso, el fuego es el medio mediante el cual se difunde la palabra.

«He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!» declara Jesús (evangelio).

El hombre de la palabra debe albergar el fuego en la propia persona.

Los enemigos pueden incluso reducir a cenizas el rollo del libro (como sucedió también a Jeremías). Pero no podrán jamás apagar el fuego de la palabra atizado en un corazón de hombre.

Un inolvidable maestro espiritual mío, del seminario, que llegó después a obispo, y «hecho polvo» pasados sólo dos años, escribió en su diario: «Si la vida es fuego, la leña ha de ser quemada».

El anunciador de la palabra es un «apasionado», devorado por un fuego incontenible.

Cualquier ministerio eclesial se convierte en oficio, si no está sostenido por una gran pasión.

La  causa del evangelio no tiene necesidad de funcionarios diligentes, burócratas grises, ceremonieros inofensivos, secretarios inocuos estirados y conto-neantes, o —según la mordaz definición de A. Paoli— de «intelectuales pálidos en clergyman».

Y tampoco de severos maestros de la ortodoxia o rígidos defensores de fórmulas embalsamadas y modelos disecados.

Una palabra presentada en tono despegado, impersonal, frío, profesoral, sin descubrir la mínima vibración interior, es una palabra traicionada.

Una verdad apagada bajo las cenizas de la impasibilidad y de la rígida compostura oficial es una verdad ofendida.

Hoy, hay que reconocerlo, se ve algún que otro predicador «acalorado». Pero surge la duda de que sean las luces de la televisión más que el fuego interior quienes hagan aparecer aquel rubor sospechoso...

Mucho mejor la piedra tosca que el profeta te echa encima sin excesivas ceremonias, que el trozo de hielo pulido que irreprensibles expertos extraen del libro y tienen la pretensión de hacértelo engullir para nutrir tu fe. Ayudan a crecer más las magulladuras provocadas por el profeta que los ungüentos asépticos producidos en los laboratorios especializados.

El evangelio se difunde por contagio (¡el contagio del fuego!), no a través de permanente lectual o misticoide (típica, a este respecto, la provocada sobre pieles sensibles por el polen caído de las... nubes de oriente).

Jesús ha venido a traer una fe que debe convertirse en incendio.

Y cuando la fe se hace otra cosa, o pretexto para otra cosa, el sueño de Cristo («y ojalá») queda burlado.

También Jesús, lo mismo que Jeremías, es un perturbador, uno que amenaza la tranquilidad pública, la paz familiar, y además provoca divisiones, desgarramientos profundos.

Y él también debe lamentarse de que exista demasiada gente incapaz de entender el «tiempo», de valorar «lo que es, justo».

Consiguientemente el martirio resulta inevitable. Será una cisterna diferente de la de Jeremías, pero será siempre un «bautismo» que le echa encima una angustia mortal.

No hay que extrañarse. Una gran pasión lleva necesariamente a la Pasión. El ser apasionados significa padecer.
 

Necesidad del leño

Y nosotros —como advierte el autor de la Carta a los hebreos (segunda lectura)— debemos precisamente fijar la mirada en Jesús «que inició y completa nuestra fe», o sea, en aquel que ha elegido la «ignominia», que no ha tenido en cuenta la vergüenza, y se ha sometido a la infamia de la cruz.

El creyente no debe cansarse ni «perder el ánimo». Y, animado entre otras cosas por el ejemplo de una «nube ingente de testigos de la fe», se compromete a correr «en la carrera que nos toca, sin retirarnos», liberándose de todos los estorbos y sobre todo de las trabas del pecado. O sea, se trata de superar las pruebas inevitables... corriendo.

Aparecen dos verbos característicos: soportar-perseverar. Dan ganas de comentar: el «peso» que hay que soportar permite resistir.

Hay que liberarse de todos los otros pesos, pero no del de la cruz.

Ese madero sirve, además de para quemar, para... no dejarse apagar.         

A. Pronzato

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