Toma mi mano

 «Fe es seguridad de lo que se espera, prueba de lo que no se ve». Fe no es, por tanto, evidencia. El que tiene fe se fía de Dios, cree en él, le cree a él.

El ejemplo de Abrahán es impresionante y un estímulo para nosotros: salió de su patria «sin saber adónde iba», vivió como extranjero, creyó en unas promesas que parecían totalmente imposibles,  llegó a estar dispuesto a sacrificar a su único hijo.

Muchas veces nuestra fe es débil y hasta interesada, si no vemos a corto plazo el premio que esperamos, se nos debilita.

Es duro creer en tiempos de crisis y de «noche oscura del alma», es más fácil cuando Dios nos regala la sensación de su cercanía.

Una tempestad es un símbolo de crisis. El mar es sinónimo, en la Biblia, del peligro y del lugar del maligno. También nosotros experimentamos en nuestra vida borrascas pequeñas o no tan pequeñas y nos toca remar en medio de fuertes corrientes y nos da la impresión de que la barca se nos hunde mientras Dios parece que duerme.

Nos cuesta fiarnos de que Jesús esté presente en nuestra vida todos los días, también en esos momentos. Pero a e Él, que parece dormir, sí le importa la suerte de la barca, sí le importa que cada uno de nosotros se hunda o no. Con Él nos ha llegado la salvación de Dios. Cuando el miedo aceche en nuestra vida, alarguemos nuestra mano asustada pero confiada hacia Jesús  y digámosle: «Sálvame, que me hundo».

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