Una utopía que se abre camino

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

¿Pero qué es exactamente el «pecado del mundo»?  ¿solo la suma de los pecados de todos los hombres? Evidentemente, también mis pecados forman parte del pecado del mundo. Mucho se ha escrito sobre ello.

Pero hoy, en la Jornada del emigrante y el refugiado pensaba si no sirve esta expresión para indicar la cerrazón, el repliegue, el encierro en lo propio con el consiguiente rechazo de lo universal, ante la situación que atraviesa el mundo en este momento.

Una parte del mundo que cierra puertas, fronteras, posibilidades a personas que sufren. Gobiernos que no buscan soluciones al problema migratorio dejando a las mafias campo ancho, atrincherados en intereses particularistas, en posición  de privilegio, suficiencia y presunción.

Y nosotros, ¿dónde situarnos? ¿por dónde empezar?

Siempre tenemos falsas seguridades que abandonar, actitudes de miedo que sacudirnos, estilos de suficiencia que desechar.

Debemos abrirnos a un tiempo nuevo. Unas personas  «inesperadas» llaman a nuestra puerta,  en horas intempestivas. Vienen «de lejos» y hay que acogerlas, borrando toda sospecha.

Busquemos ser «luz de las naciones» encendiendo nuestra pequeña llama de entrega en el ámbito de nuestra pequeña iglesia local, que se convierte en servicio prestado a la humanidad entera.

Un paso hacia una persona olvidada a mi lado puede ser tan importante como un viaje hasta «las periferias del mundo». Sigamos creyendo en la utopía y abrámosle camino.

No cedamos en el campo de la coherencia, de la justicia, construyamos Reino sin necesidad de declaraciones públicas. 
 

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