La garantía de tu sí o de tu no eres tú mismo
Hoy el pasaje evangélico que se nos propone limpia de equívocos el terreno respecto al cumplimiento.
El Dios de la alegría, es el Dios exigente que nos pone delante una interpretación de la ley en clave de radicalidad. El programa de vida trasciende los criterios comunes, las formas normalmente aceptadas, los comportamientos "racionales".
Jesús no añade otros mandamientos que caractericen su novedad, no va por ahí su "pero yo os digo".
Jesús no se limita a unos comportamientos externos irreprochables. Él mira el corazón del hombre, que tiene que ser liberado de todo rastro de odio, de desprecio, y purificado de pensamientos y deseos malos, de la falsedad, de los cálculos.
Jesús no anula «lo que se dijo a los antiguos», pero introduce un elemento de ruptura. Él apunta al centro, recuperando su originalidad, purificándola de todo exceso.
Jesús vuelve a poner de relieve el sentido de la ley y le devuelve su dinamismo.
Las antítesis que formula ponen de relieve la intensidad en el amor que tienen que caracterizar a las relaciones con el prójimo, la pureza de intenciones, la fidelidad, la absoluta claridad tanto en el comportamiento como en el lenguaje.
La garantía de tu sí o de tu no eres tú mismo, tu ser, no Dios. Jesús quiere destruir la mentira, eliminarla totalmente de la vida.
Así, cada uno de nosotros se ve situado frente a sus propias responsabilidades. No se le permite apelar a Dios para obtener credibilidad. Hay que caminar al descubierto, ser creíbles con la propia trasparencia.
El discípulo está llamado a escoger en una actitud de libertad y con un marcado sentido de responsabilidad personal, que no puede delegar en ningún otro. Su opción tiene como referencia la escucha atenta a la voz del Espíritu. El discípulo se mueve en el terreno de la vida y su mirada se mueve entre la exigencia de Dios y su infinita misericordia.
Pidamos al Señor saber dar siempre un sí audaz a su voluntad.
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