Yo no te olvido
El cántico del Siervo de Yahvé, que nos propone la liturgia de hoy, pone el acento en el amor de un Dios que quiere a su pueblo, a pesar de su infidelidad. Un Dios que es pastor, agricultor, médico y hasta madre.
Jesús de Nazaret es ese Siervo a quien Dios ha enviado a sanar y liberar y devolver la alegría y la luz. Actúa en nombre de Dios, su Padre. Ha venido a comunicar vida, a sanar, a salvar.
Los que crean en Él y le acepten como al enviado de Dios son los que tendrán vida. Los que no, ellos mismos se excluyen.
Prepararnos para celebrar la Pascua es tomar la decisión de incorporarnos a Cristo y dejar que nos dé de su misma Vida. Él nos dice, a ti y a mí: «en el tiempo de gracia te he respondido, en el día de salvación te he auxiliado». Dejemos que nos libere de esas ataduras que nos no dejan vivir libremente, dejemos que nos lleve a la luz y nos saque de esa tiniebla en la que seguimos enredados.
En la Eucaristía recordemos la promesa de Jesús, y que sea motivo de esperanza en este día: «el que come mi carne y bebe mi Sangre tendrá vida eterna y yo le resucitaré el último día; como yo vivo por el Padre, que vive, así el que me coma vivirá por mi» (Jn 6,56-57).
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