Alegraos
La primera predicación de Pedro es una catequesis clara sobre la persona de Jesús, centrada, con decisión, en el anuncio de su muerte y resurrección.
En el evangelio, dos grupos de personas han visto el sepulcro vacío y corren a anunciarlo, de forma muy distinta: las mujeres y los guardias.
Al ver el sepulcro vacío y oír las palabras del ángel que les asegura que «no está aquí, ha resucitado», se marchan corriendo, llenas a la vez de miedo y de alegría. Y en seguida el mismo Jesús se deja ver. La primera palabra que les dirige es: «alegraos... no tengáis miedo», y les da un encargo: «id a comunicar a mis hermanos...». Se convierten en mensajeras de la gran noticia: apóstoles de los apóstoles. Aunque no les van a hacer mucho caso.
Los guardias también han visto el sepulcro vacío. Su primer sentimiento es el miedo, porque han descuidado la misión que les habían encomendado. Pero aceptan el soborno que les proponen.
También nosotros nos sentimos animados por esta palabra, que nos invita ante todo a no perder nunca la esperanza. Y además, a seguir dando testimonio del Resucitado en nuestro mundo.
Primero fueron aquellas mujeres. Y como ellas, cuántas otras, a lo largo de la historia de la Iglesia, han dado parecido testimonio de Cristo Jesús en la comunidad cristiana, en la familia, en la escuela, en los hospitales, en las misiones, en tantos campos de la vida social.
Ante las dificultades y la indiferencia de muchos, también nosotros necesitemos oir la palabra alentadora: «alegraos... no tengáis miedo... seguid anunciando...». La Resurrección de Jesús no es sólo una noticia, es una fuerza de vida que el Resucitado nos quiere comunicar. Y uno de los momentos privilegiados de nuestro encuentro con él es la Eucaristía. Cada vez que la celebramos deberíamos salir, como las mujeres del evangelio.
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