Modelo de amor
Discernir supone siempre un esfuerzo para dilucidar la voluntad de Dios. Tomando ejemplo de las decisiones tomadas en Jerusalén podíamos preguntarnos si a veces nos empeñamos en imponer a otros cargas innecesarias, o si les imponemos ciertas "condiciones" para que se amolden a nuestro gusto.
En toda decisión comunitaria debería primar el amor, centrarnos en lo importante y no enredarnos en discusiones sobre lo secundario. Dejemos el papel principal al Espíritu para ni encerrarnos en nuestros intereses o dejarnos llevar de la rutina o comodidad. La señal de nuestro acierto será la alegría y un aliento renovado en nuestra tarea.
Jesús, en el Evangelio, va progresando en intimidad con los suyos: «no os llamo siervos, sino amigos», «no sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido». Y les indica una dirección más comprometida para el seguimiento: «éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado». Se pone a sí mismo como modelo, Él que se ha entregado por los demás, a lo largo de su vida, y lo va a hacer más plenamente ahora: «nadie tiene amor más grande que el que la vida por sus amigos».
Un amor que ciertamente no es fácil. Es el amor concreto, sacrificado, del que se entrega, el de quien saben buscar el bien de los demás por encima del propio, aunque sea con esfuerzo y renuncia, con comprensión, con la palabra amable, con la donación gratuita de sí mismo.
El Cristo a quien comemos en la Eucaristía es el «Cuerpo entregado por», «la Sangre derramada por». El amor a los demás es consustancial al Sacramento que celebramos y recibimos. Pidamos al Señor crecer cada día en amor fraterno.
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