La deseada unidad

Hoy Pablo nos da ejemplo de audacia e inteligencia. Aprendamos de él a defender los derechos que nos corresponden, a denunciar las injusticias y a poner los medios que están a nuestro alcance para superar los obstáculos que impiden la evangelización.
Jesús pide a su Padre la unidad para sus seguidores. Que estemos íntimamente unidos a Él y así estén también lo estemos con el Padre. Esa unidad con Cristo y con el Padre es la que hace posible la unidad entre nosotros.
Y ésta es la condición para que la comunidad cristiana pueda evangelizar con un mínimo de credibilidad.
En la Eucaristía invocamos dos veces al Espíritu. La primera, sobre los dones del pan y del vino, para que él los convierta para nosotros en el Cuerpo y Sangre de Cristo. La segunda, sobre la comunidad, para que el Espíritu «congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo», que «formemos un solo cuerpo y un solo espíritu»...
El fruto de la Eucaristía es la unidad. Como lo debe ser de la Pascua que hemos celebrado. Pidamos al Señor saber ser fieles a su petición «que sean uno».

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