No tengo tiempo




Comienza hoy un nuevo año litúrgico, donde nos acompañará el evangelio de Marcos.. En este primer domingo nos recuerda una invitación de Jesús a mantener una esperanza despierta y vigilante. Quizá en este tiempo donde nos consume la prisa es un aviso de gran actualidad. A veces nos agobia la obsesión por disfrutar del presente dejándonos engañar por su "resplandor", miramos el futuro con cierto temor y solemos vivir distraídos sin prestar una profunda atención a lo que sucede alrededor. 

Solemos decir muy a menudo "no tengo tiempo", el ritmo de la vida diaria se nos torna a veces frenético. La liturgia nos recuerda hoy que Dios nos da su tiempo, que Dios tiene tiempo para nosotros, Él ha entrado en nuestra historia "con su palabra y obras de salvación para abrirla a lo eterno, para convertirla en historia de alianza. El tiempo en sí mismo es un signo fundamental del amor de Dios: un don que el hombre puede valorar, como cualquier otra cosa, o por el contrario, desaprovechar" (Benedicto XVI). El tiempo en esta vida es tiempo para la entrega, para la maduración de nuestra capacidad de amar.

Adviento significa hacer memoria de la primera venida del Señor en la carne, pensando ya en su vuelta definitiva; y, al mismo tiempo, significa reconocer que Cristo presente en medio de nosotros se hace nuestro compañero de viaje en la vida de la Iglesia, que celebra su misterio. Al celebrar la Eucaristía, proclamamos que él no se ha retirado del mundo y no nos ha dejado solos, y, aunque no lo podamos ver y tocar como sucede con las realidades materiales y sensibles, siempre está con nosotros y entre nosotros; más aún, está en nosotros, porque puede atraer a sí y comunicar su vida a todo creyente que le abra el corazón. (Benedicto XVI)

Que María nos ayude a mantenernos vigilantes y a descubrir qué signos personales o sociales son para nosotros señales de esperanza.  “La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna.” (Fratelli Tutti 55).

Os ofrezco para terminar esta oración de Chiara Lubich:

Jesús, hazme hablar siempre
como si fuese la última
palabra que digo.
Hazme actuar siempre
como si fuese la última
acción que hago.
Hazme sufrir siempre
como si fuese el último
sufrimiento que tengo
para ofrecerte.
Hazme rezar siempre
como si fuese la última posibilidad
que tengo aquí en la tierra
de hablar contigo.

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