Aquí estoy
El Salmo 39 describe la actitud de Jesús desde su encarnación: «Tú no quieres sacrificios ni holocaustos, pero me has dado un cuerpo: aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad». Es una de los salmos que mejor le retratan.
Por la entrega de Jesús «todos quedamos santificados».
Nosotros deberíamos distinguir entre estas dos clases de sacrificios: ofrecer a Dios «algo», es distinto de ofrecernos nosotros mismos.
En cada celebración de la Eucaristía tenemos la oportunidad de unir al sacrificio único y definitivo de Jesús, la pequeña ofrenda de nuestra vida, nuestros esfuerzos, nuestros éxitos y fracasos, el dolor que a veces nos hace sufrir.
En definitiva, es lo que Él vino a enseñarnos, a entregar nuestra vida en unión con la suya al Padre, por amor y por la salvación del mundo.
El sacrificio externo y ritual tiene sentido si va unido al personal y existencial.
Pidamos a María que nos ayude a vivir unidos y comprometidos con su Hijo en profundidad y en todos los instantes de nuestra vida.
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