Tú me conoces
La página de la lectura de hoy es un himno de alabanza a Dios por haber creado al ser humano.
Somos obra de Dios, hechos nada menos que a su imagen, ahí radica nuestra grandeza y,a la vez, nuestra dependencia de Dios.
No nos viene mal recordar esta realidad en nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos.
¿Hemos pensado alguna vez en todo esto? Como diría una amiga mía, nos daría para meditar mucho y sin cansarnos. Sólo una pincelada. Todo nos lo ha dado Dios, pero sobre todo un corazón que late y ama y es el motor de nuestro cuerpo.
Hoy se nos invita a saber apreciar nuestro propio cuerpo y nuestra inteligencia, incluso amando su debilidad y condición frágil.
Somos invitados, además, a admirar y amar a ese Dios que nos ha pensado y creado. Dios nos conoce, nos ha amado desde siempre, le estamos presentes en todo momento.
Como dice el Salmo de hoy, «él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos de barro: como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles».
Esto tiene consecuencias con el trato que debemos tener a los demás, imágenes de Dios como nosotros. Apreciar al prójimo es saber respetar su dignidad de hijo de Dios.
Es también un recordatorio de nuestra relación de respeto para con la creación. Dios nos ha encomendado el cuidado de este mundo.
Demos gracias a Dios por todo lo que nos regala y revisemos nuestra relación con todos: con Dios, con las demás personas, con la naturaleza y con nosotros mismos.
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