Pablo hace que nos cuestionemos nuestra actuación como cristianos. ¿Cómo afrontamos las dificultades? ¿Perdemos el ánimo o sabemos aprovechar toda circunstancia para seguir anunciando a Jesús? En momentos duros cuesta "mantener el tipo", puede que lo primero que acuda sea la tristeza y que surja en nuestro corazón, como en el de los Apóstoles, poder ver a Jesús, experimentar su presencia a nuestro lado. Es normal buscar seguridades y una prueba visible de que no estamos solos. Leyendo el Evangelio de hoy el corazón arde, como el de los discípulos de Emaús, ante una doble presencia que nos llena de ánimo y confianza, la presencia del Resucitado, y la del Espíritu, defensor, maestro que hace madurar la fe ¿Dónde experimentar vivamente la presencia del Resucitado en nuestra vida? Diría que la forma privilegiada es la Eucaristía, donde la fuerza del Espíritu hace posible que el pan y el vino se conviertan para nosotros en el Cuerpo y Sangre del Señor, y que en cada comuni...
Nadie se salva a sí mismo. Cualquier esfuerzo que pudiéramos hacer para intentar conseguir la salvación sólo con nuestras fuerzas fracasaría. Es Jesús quien nos ha salvado y el que sigue intercediendo por nosotros. Él ha asumido nuestra debilidad y nos reconcilia continuamente con su Padre. Los sacerdotes participan del sacerdocio de Cristo. Nuestras iglesias y capillas son imagen simbólica del verdadero Templo, el mismo Jesús, en el que sucede nuestro encuentro con Dios. Los sacrificios que hacemos, incluida la ofrenda que cada día hacemos de nuestra vida a Dios son participación del sacrificio de Cristo. En cada Eucaristía entramos en ese movimiento de entrega de Jesús, nos sumamos a su sacrificio único, colaborando así a nuestra salvación y a la del mundo. Pidamos al Señor saber dejarnos cada día más en sus manos.
Todos somos pecadores y todos somos salvados gratuitamente. Es lo que nos anuncia Pablo. Todos fallamos y a todos nos ofrece Dios su salvación "gratuitamente, por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús". No hay motivo para creer que merecemos la salvación por cumplir una serie de normas, ganando méritos ante Dios. Debemos sentirnos perdonados por Dios, salvados gratuitamente por él. La salvación no la compramos a base de buenas obras, las hacemos, pero no nos salvan a cambio. Sentirnos perdonados y salvados por amor nos ayuda a ser más humildes y tolerantes con los demás, a no creernos superiores a nadie.
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