La voz y la Palabra

A la pregunta: «Tú, ¿quién eres?» , Juan el Bautista confiesa que no es el Cristo, el Salvador esperado. Este testimonio negativo en sus labios es una auténtica confesión de fe en el mesianismo de Jesús. 
El Bautista continúa explicando su propia identidad, definiéndose a sí mismo como la: «Voz que clama en el desierto» y prepara el camino al Cristo. Él no es la luz,  sólo la  testimonia. Él no es la Palabra encarnada, es sólo la voz que prepara el camino con la purificación de los pecados y la conversión del corazón. 
El testimonio del Bautista pretende, y aquí esta su grandeza, suscitar fe hacia el gran desconocido, el portador de la salvación, que vive entre los hombres.
 Y es que, el Mesías, no revela inmediata ni completamente su origen ni su misión. Es preciso que quien recibe de Dios el don de tocar su misterio,  lo anuncie con la vida y la palabra, como Juan junto al Jordán. A eso estamos llamados, a ser anunciadores de la Palabra a pesar de nuestra pobreza y la fragilidad de nuestra voz, a ser definidos en función de Cristo.

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