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No dudaron

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En la fiesta de San Andrés, apóstol, os dejo una homilía de San Juan Crisóstomo sobre el Evangelio de hoy: ¡Qué admirable pesca la del Salvador! Admirad la fe y la obediencia de los discípulos. La pesca, como sabéis, requiere una constante atención. Ahora bien, cuando esos se encuentran justo en medio de su trabajo, oyen la llamada de Jesús y no dudan un solo momento; no dicen. «Déjanos regresar a casa para hablar con nuestros próximos». No, lo dejan todo inmediatamente y le siguen, tal como Eliseo hizo con Elías (1Re 19,20). Es esta clase de obediencia la que nos pide Cristo, sin la más mínima duda, incluso en el caso que nos apremien necesidades aparentemente más urgentes. Por eso cuando un joven que le quería seguir le pidió si podía ir antes a enterrar a su padre, ni tan sólo esto se lo dejó hacer (Mt 8,21). Seguir a Jesús, obedecer su palabra, es un deber que está por encima de todos los demás. ¿Acaso me dirás que la promesa que les había hecho era muy grande? Por eso los admiro y...

Dios salva, no las ideologías

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Al hilo del Evangelio que hoy nos propone la liturgia, y de los acontecimientos que estamos viviendo a nivel mundial, no viene mal recordar estas palabras de Benedicto XVI durante la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia: "Hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue el de no esperar ya nada de Dios sino tomar absolutamente el destino del mundo en las propias manos. Hemos visto que actuando así, un punto de visto parcial y humano, se proclamaba siempre como la medida absoluta de las orientaciones a seguir. Absolutizar lo que no es absoluto sino relativo se llama totalitarismo. Esta actitud no libera al hombre, antes le quita su dignidad y le hace esclavo. No son las ideologías las que salvan al mundo sino únicamente el hecho de volver hacia el Dios vivo, nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que realmente es bueno y verdadero. La auténtica revolución consiste únicamente en el hecho de volverse sin reservas a Dios quien es la medida de lo que es...

Tu triunfo en mi libertad

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Hoy Jesús nos pide "negociar" el don de nuestra vida. En el transcurso de nuestra vida vamos haciendo opción por la verdad y el amor o, al contrario por la mentira y el odio, en sus múltiples facetas. La opción de nuestra vida se hace definitiva a su término, allí donde ya no podemos ni cambiar ni escondernos, porque el Señor nos ve tal cual somos. Él ha puesto en nuestras manos multitud de dones para ponerlos al servicio de los demás en entera disponibilidad. Tengamos hoy en cuenta este consejo de Santa Teresa de Calcuta: " El trabajo que hagamos, por pequeño y humilde que sea, convirtámoslo en un acto de amor a Cristo. Pero por hermoso que sea el trabajo, no nos apeguemos a él, debemos estar dispuestos a dejarlo. El trabajo no es nuestro. Los talentos que Dios nos ha dado no son nuestros, nos han sido dados para que los usemos por la gloria de Dios. Seamos generosos y usemos todo lo que tenemos por el buen maestro". Pidamos hoy a Jesús estar siempre y en todo a su...

El encuentro

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El encuentro es el lugar donde se gestan los grandes cambios, como vemos hoy en Zaqueo. Un encuentro implica algo más que estar al lado de una persona, es más que un simple intercambio de palabras o miradas. Supone un cierto grado de apertura al otro que permite que el interior sea transformado de algún modo.  Zaqueo es ejemplo de aquel que permite que su interior sea transformado por la gracia en el encuentro y comenzar un nuevo proyecto de vida, y, probablemente, a pesar de quienes a su alrededor juzgaron que debía purgar sus pecados de otra manera. El encuentro lleva siempre un cierto grado de asombro, y hace que miremos a nuestro interior, descubriendo allí la belleza, la bondad y la verdad de quién es Jesús.  Quizá el lugar privilegiado para el encuentro con Jesús sea la Eucaristía, donde Jesús nos acoge en el momento y en las condiciones en las que nos encontramos y nos sumerge en su vida para ayudarnos a conocernos mejor y conocerle mejor a Él. " Recibamos a Cristo en l...

¿Qué pides?

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Contemplamos hoy la escena del ciego de Jericó, y en ella podemos  vernos reflejados de varias maneras.  Ante todo, porque solo recobramos la luz cuando nos acercamos a Jesús, y nunca agradeceremos bastante la luz que Dios nos ha regalado en Él. Con su Palabra, nos enseña sus caminos e ilumina nuestros ojos para que no tropecemos.  Quizá podamos estar atravesando un momento malo y nos sale espontáneamente la oración que le dirigió el ciego: "Señor, que vea otra vez". "Lo que pide el ciego al Señor, no es oro, sino luz. No le preocupa solicitar otra cosa más que luz… No pidamos al Señor ni riquezas engañosas, ni obsequios de la tierra, ni honores pasajeros, sino luz: No la luz circunscrita por el espacio, limitada por el tiempo, interrumpida por la noche, con la que compartimos la vista con los animales, pidamos esta luz que sólo los ángeles ven como nosotros, que no tiene principio y ni fin". ( San Gregorio Magno) También podemos preguntarnos qué hacemos para que ot...